Hay deudas que solo se pagan con kilómetros. Tras varias salidas cortas cerca de Bogotá, donde aprendimos a leer el lenguaje de nuestra camioneta, sentimos que el momento de la redención había llegado. Ya no éramos los mismos novatos que el desierto humilló la primera vez; ahora teníamos llantas más grandes, un poco más de "cancha" y una espina clavada en el orgullo. Con la amenaza de una nueva cuarentena respirándonos en la nuca, cargamos el equipo a toda prisa. El objetivo era uno: Punta Gallinas no nos iba a derrotar dos veces.
Huyendo del toque de queda, arrancamos antes de las 3:00 p.m. Esta vez, la planificación fue quirúrgica. Descansamos en San Alberto, abrazamos a la familia en Valledupar y, un día después, iniciamos el asalto final. La Guajira nos recibía de nuevo, pero ahora íbamos preparados para su juego de arena y azar.
El Pacto de la Medianoche
Llegamos al Cabo de la Vela con la guardia en alto. Esta vez, la carpa se quedó guardada y el chinchorro fue nuestra ley.
La guajira tiene sus propias reglas comerciales. Buscando guía, nos enfrentamos a tarifas de "turistas cachacos" que pretendían cobrarnos una fortuna para que los siguiéramos en nuestro carro. Decidí entonces ir a la raíz: busqué la zona donde viven los conductores locales.
Allí, en la penumbra de la noche, cerré un trato con un personaje que emanaba seguridad: "Yo le cobro 350, pero eso sí, yo voy rápido y no me puedo poner a esperarlo". Sin dudarlo, acepté. Me fui a dormir con la tranquilidad de quien tiene un plan sólido, sin saber que el desierto estaba a punto de empezar a improvisar.
El Silencio de las 5:00 AM
A las 5:00 a.m. estábamos listos en el punto de encuentro, pero el guía no aparecía. El silencio del cabo de la vela a esa hora es ensordecedor. Seis llamadas sin respuesta después, el corazón se me empezó a comprimir: la posibilidad de perder el día y tener que iniciar una negociación desde cero con otros conductores que ya salían de afán era una pesadilla. Finalmente contestó, pero solo para soltar el primer golpe: él no iría. En su lugar, enviaría a alguien más.
Media hora después, apareció "el enviado" en una Toyota Serie 80 seguido de un Daihatsu Terios local. Iniciamos la ruta bajo un amanecer espectacular, que nos recordaba por que estabamos haciendo esto.
En la guajira tienes altibajos emocianles siempre, en la primera parada, bajé la mirada y se me detuvo el corazón: **la placa delantera se había quedado en algún lugar del camino**. Mientras la angustia de volver a Bogotá sin placa me invadía, un turista me dio la lección de la jornada: "Disfrútelo. Es parte del paseo y una historia más para contar".
Un Náufrago en la Ruta
Poco después, la aventura dio un giro cinematográfico. Un hombre se nos acercó con la mirada quemada por el sol: "Tranquilos, no soy ladrón ni mochilero", nos dijo. Era un santandereano cuya moto-guía se había varado el día anterior. Él y su novia habían tenido que separarse para buscar ayuda; él terminó caminando horas bajo el sol siguiendo una ruta de Google Maps hasta que un camión lo acercó al desvío. Su celular estaba muerto y su desesperación era absoluta. Lo subimos a nuestro carro. No íbamos a dejar a una persona pasándola tan mal. Hoy por ti, mañana por mí.
La Traición en La Boquita
Llegamos a "La Boquita" despues de dos pinchazos del terios, ayudar al necesitado y desconcertados de por que llegamos a la boquita si ibamos para Punta Gallinas, vivimos el momento más humano del viaje: la novia del santandereano casi rompe en llanto al verlo bajar de nuestro carro sano y salvo. Fue un reencuentro hermoso y emotivo que nos recuerdó que ayudar siempre hace bien, pero la alegría duró poco. El "enviado" se bajó del carro y soltó la bomba: "Nosotros llegamos hasta aquí".
La tensión estalló. Nuestro acuerdo original era hasta Punta Gallinas, no hasta la mitad del camino. Tras una discusión intensa y el sabor amargo de un trato roto, logramos que nos asignara a un nuevo guía, un nativo Wayúu. Procedí a pagarle al "enviado" solo después de que él le pagara a nuestro nuevo compañero. Le pedimos un último favor: "Le recomendamos la placa; habrá recompensa".
Dunas de Taroa y el Fantasma Mecánico
Llevábamos 40 minutos siguiendo las señas contradictorias de nuestro guía cuando saltó la alerta en pantalla: **Recalentamiento**. El fantasma de la Tatacoa volvía a saludarnos. Por suerte, así como salió, desapareció, pero el susto ya estaba sembrado.
Llegamos a las dunas de Taroa y el paraíso nos dio la bienvenida. Allí, en un giro del destino, nos encontramos de nuevo con el santandereano y su novia. Compartimos una hora bajo el viento, escuchando el terror que sintieron al estar perdidos.
Tras el éxtasis de las dunas, buscamos a nuestro guía Wayúu para ir al Faro. Lo encontramos en un estado de "alegría" considerable: se había bebido el pago de la guianza. Aun así, su sentido de la orientación seguía intacto. **Señalaba a la derecha y gritaba "¡Izquierda!"**, y contra toda lógica, llegamos.
El Faro: Sueño cumplido
Al llegar al Faro de Punta Gallinas, el punto más al norte de Sudamérica, el silencio nos desbordó. Lo habíamos logrado. Estábamos allí con nuestro carro "no apto", con una placa de menos, un guía borracho y mil cicatrices de ruta, pero con el alma llena.
Pero el regreso nos tenía guardadas más sorpresas. La próxima semana les contaré qué pasó con nuestra placa, cómo fue el accidentado camino de vuelta y si logramos salir de la Guajira en una sola pieza. ¡Gracias por ser parte de esta ruta!
Esta es la tercera historia de nuestra serie de evolución. No te pierdas la entrega de la próxima semana para conocer el desenlace de esta travesía.
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