El encierro nos estaba rompiendo. Llevábamos meses con nuestra primera camioneta estacionada en el garaje, viendo cómo el polvo se acumulaba sobre un sueño que la pandemia había puesto en pausa. La desesperación por la libertad llegó a tal punto que terminamos armando la carpa en el cemento del garaje, simulando fogatas y tratando de convencer a nuestra hija de que eso era una aventura. Pero el motor pedía ruta y nosotros, oxígeno.
Gracias a nuestra desastrosa pero enriquecedora experiencia en La Guajira (puedes leer esa historia aquí), aprendimos la primera regla de oro: no ir solos. Durante los meses de simulacros y cuarentenas, tejimos una red de contactos por WhatsApp con otros "locos" que, como nosotros, contaban los días para escapar. Les vendimos la idea de que, apenas abrieran las carreteras, nuestro destino sería el Desierto de la Tatacoa. Y a finales de septiembre, el milagro ocurrió: Colombia se abrió de nuevo.
El Ferry de Natagaima: La puerta a lo desconocido
Empacamos el mismo equipamiento del viaje pasado y salimos con la camioneta totalmente "stock" (sin modificaciones), pero esta vez con el escudo de la amistad. Llegamos a Natagaima buscando el Río Magdalena. Cruzar el río en un ferri artesanal fue el primer gran hito; las niñas reían, el sol brillaba y sentíamos que la vida finalmente volvía a nosotros. Sin embargo, la tecnología nos tenía preparada una trampa.
Julián había encontrado una ruta en una app especializada. El problema es que quien grabó ese mapa probablemente lo hizo en un verano inclemente o en un vehículo preparado para la guerra. Nosotros, novatos y entusiastas, no teníamos idea de que estábamos entrando en nuestra propia versión de Jumanji.
Barro, Zanjas y Aguas de Color Café
El primer obstáculo fue una zanja profunda. Por falta de pericia al volante, la camioneta cayó en ella. "Errando es que se aprende", nos decíamos mientras buscábamos troncos y piedras bajo un calor que empezaba a apretar. Logramos salir, pero el desierto nos tenía guardado un desafío mayor: un paso de agua turbia.
El agua era color café, densa e imposible de medir a simple vista. No había palos largos, así que nuestro amigo más valiente se puso la pantaloneta y se lanzó al agua. Verlo avanzar en el lodo, sin saber qué había en el fondo, nos hacía sentir en una película de suspenso. Comprobó que el fondo era firme y, con el corazón en la mano, cruzamos. Pero la selva seca del Huila no se detuvo ahí.
Recorrimos kilómetros donde el camino simplemente había desaparecido. Tuvimos que maniobrar pegados a cercas de alambre de púas y cruzar derrumbes tan estrechos que un error de cálculo de milímetros nos habría enviado directamente al Río Magdalena. Cuando creíamos que lo peor había pasado, llegamos a "La Subida".
Tenacidad y Motores al Límite
Una cuesta empinada con una zanja en la mitad nos detuvo por dos horas. Julián y nuestro amigo revisaron el terreno y decidieron empezar a mover piedras con una tenacidad titánica, como si estuviéramos construyendo nuestra propia calzada romana en medio de la nada. Tras rellenar el vacío, subimos nuestro carro de forma lenta y cuidadosa. Logramos coronar la cima sin golpearlo, evidencia de que el esfuerzo con las piedras había valido la pena.
Llevábamos poco menos de un año con el carro en nuestro poder, de los cuales seis meses fueron en cuarentena, y allí descubrimos algo: el vehículo se recalentó. Sin mucho esfuerzo aparente y sin revolucionarlo demasiado, apareció la primera falla técnica. Afortunadamente, así como subió la aguja, también empezó a bajar; un tema para solucionar luego. Después se lanzó el segundo carro, el de nuestros amigos. Pero al no tener la doble tracción funcionando, la camioneta patinó y su diferencial cayó encima de una piedra.
Transcurrieron dos horas tratando de mover ese vehículo sin equipo de rescate profesional. Mientras tanto, nos rodeaban unos zancudos gigantes con sed de sangre. Teníamos un carro recalentado arriba y el otro bloqueado abajo; en ese momento, empezó a llover.
Nunca subestimes una ruta por fácil que parezca. El equipo mínimo de rescate debe ser parte del inventario fijo de tu carro, igual que la llanta de repuesto.
La recompensa de la resiliencia
Mientras luchábamos con el gato original del vehículo (que casi no servía para esa situación) para desbloquear el segundo carro, nuestras hijas nos dieron la lección final. Ellas jugaban en el barro, ajenas al estrés, recordándonos que la aventura también es aceptar el imprevisto con una sonrisa.
A las 4:00 p.m., con solo un sándwich en el estómago, logramos salir a la civilización. Encontramos un puesto de fritos en un corregimiento cercano; nunca unas empanadas nos supieron tan gloriosas. Llegamos al hostal a las 5:30 p.m., agotados físicamente pero con el alma llena.
Esa noche, el cansancio fue más fuerte que el calor abrasador del desierto. Dormimos como troncos. Al día siguiente, la recompensa fue una piscina cristalina para nosotros solos, bebidas frías y la satisfacción de haber superado el reto. Aprendimos que el Overlanding no se trata solo de los carros, sino de la gente con la que viajas y de la capacidad de gozarse el paseo, sea como sea que venga.
Esta es la segunda historia de una serie que te contará cómo fue nuestra evolución y cómo llegamos a donde estamos ahora. No te pierdas la próxima historia; nuestra meta es escribir una nueva entrega semanalmente.
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Overland en Familia